Diario de viaje (II) - Sur I
La ciudad -dicen- es la que tiene más bares por habitante, y son muchos habitantes.
La ciudad -veo- está circunvalada por una anillo viario que a veces -no siempre- la separa de esa naturaleza descomunal que estalla en tierra roja, selva verde y montes cayendo a pico en los que no se ve una roca, bajo un cielo que -como en todo el sur- duele en los ojos de tan limpio y transparente.
Cada tanto, bidones de metal camuflados accidentalmente de óxido y abolladuras, interrumpen el caos del tráfico con el caos alternativo de un control militar.
Cada tanto, puestos ambulantes anunciados en simples pizarras con trazos gruesos de tiza ofrecen fruta casi salvaje, muebles de madera, árboles maduros cargados de racimos, flores que todavía brillan con la humedad de la sombra de donde fueron arrancadas.
La ciudad -veo- está circunvalada por una anillo viario que a veces -no siempre- la separa de esa naturaleza descomunal que estalla en tierra roja, selva verde y montes cayendo a pico en los que no se ve una roca, bajo un cielo que -como en todo el sur- duele en los ojos de tan limpio y transparente.
Cada tanto, bidones de metal camuflados accidentalmente de óxido y abolladuras, interrumpen el caos del tráfico con el caos alternativo de un control militar.
Cada tanto, puestos ambulantes anunciados en simples pizarras con trazos gruesos de tiza ofrecen fruta casi salvaje, muebles de madera, árboles maduros cargados de racimos, flores que todavía brillan con la humedad de la sombra de donde fueron arrancadas.
En el lado urbano del anillo viario, se acumulan caóticamente edificios, almacenes, comercios impensables, casas paupérrimas de colores millonarios, y -lo más frecuente- moteles y talleres de reparación de neumáticos.
En el Sur el asfalto revienta ruedas y el amor revienta las costuras; ambos buscan sin pudor rincones donde repararse, entre luces de colores y promesas de desayuno regalado, ofertas de tres por dos, ráfagas inclementes de sol y diluvios instantáneos de 10 minutos.
En el Sur, la vida no hace concesiones.


3 Comments:
Hace dos días que me hicieron descubrir lo que es un blog y un (no)-blog.
Lugar que se reserva el derecho de admisión, aunque no dudo que sea de forma involuntaria; donde se intuyen complicidades intransferibles.
Donde jamás uno podría admitir que vibra escuchando “ruido” o que, en el fondo, admira a la despechada Masiel por ser capaz de perder el conocimiento gracias a infinitas cantidades de vodka (Absolut) delante de (¿toda?) España sin ningún tipo de remordimiento.
Donde tener dos dedos de frente parece imprescindible.
Tal vez dé la (mi) razón a un tal Anonymous, y se trate de un lugar donde se abusa de frases supuestamente ocurrentes, guiños, guindas e impresionantes citas bibliográficas. Pero me resultó un espacio delicioso. Así es; como repetía despiadadamente Malkovich en Las amistades peligrosas, “No puedo evitarlo”.
Y sí, como dijo la (suficientemente conocida pero injustamente olvidada) sabia Raffaella Carrà, “para hacer bien el amor hay que venir al sur”; otro asunto es encontrar la pared adecuada…
en el sur siempre hay una pared esperándote...
Aunque todos tengan algo en común, hay más de un Sur (y todos ellos existen, unos más al Sur que otros).
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